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Revelaciones 84

… rezo… (21:09) a (21:55)

 

Yo.- Dime.

+ Nadie, amada mía, nadie se escapa del poder de la muerte.

Ésta llega siempre, es irreducible, indomable e incontrolable.

A todos, a todos acontece, y es justa con el mundo.

No se coacciona, nadie puede doblegarla.

Cuando llega, se separa lo físico de lo espiritual, y la materia queda con la materia, y lo espiritual, va a lo espiritual y vive en su elemento, que es inmortal, y eternamente perdura el alma espiritual, ya sea en el Cielo Eterno o en el Infierno Eterno.

Pero lo que sí es verdad, que es eterna e ilimitada su existencia, sea ésta en el Cielo o en el Infierno.

Os engañáis los hijos que creéis que con la muerte, acaba todo, todo llega a su fin. Yo, Dios, os digo: ¡es mentira! La vida es para siempre. Vuestra existencia es perdurable.

Yo, Dios, os doy la vida al daros el alma, en el mismo instante de la concepción, y el alma es lo que da vida al cuerpo. Es decir, que sin el alma, el cuerpo sería un maniquí, un muñeco.

Y mejor dicho, sin el alma, sin mi Espíritu, el cuerpo no se desarrollaría, no tendría vida, no existiría; sería sangre líquida, que sin el alma, no germinaría.

Aún los seres humanos formados en un laboratorio, si viven, si tienen vida, es por el alma que les doy, al unirse la materia masculina y femenina.

Por eso no deseo estas creaciones de laboratorio, ya que les falta la parte espiritual del amor carnal entre los esposos.

¡No me hagáis seres humanos de laboratorio!

Mis hijos se forman en el santuario del bello amor matrimonial.

No me juguéis con la vida de mis hijos.

No me los matéis de la misma forma que los creáis, como experimento científico.

No juguéis con la vida, ya que la vida es mía, de Dios, y la unión amorosa de los esposos.

Con los años, os arrepentiréis de los resultados, ya que al ir contra la naturaleza, jamás se queda uno sin la recompensa catastrófica de actuar sin el consentimiento de la verdad.

Y en este caso, de la verdad, que la procreación es exclusiva a la unión física de hombre y mujer.

¡Lo veréis y lloraréis!

Os lo digo Yo, Dios, que lo sé todo y lo veo todo.

Luego cundirá el pánico, y como siempre que vais contra Mí, diréis que soy Yo, Dios, quien soy injusto, y os preguntareis:

“¿Por qué lo permito?”

¿Hasta cuándo tendré que soportar vuestra estupidez y necedad?

¿Hasta cuándo dejaréis de oír mi voz, que os pide obediencia?

Estoy cansado de ser el “culpable” de vuestros desvíos.

Estoy cansado de vuestra injusta ira y desamor conmigo, cuando después de actuar según vuestro libre albedrío, me acusáis de vuestras desgracias.

¿Hasta cuándo, hijo mío, hija mía, mirarás mi rostro, sólo para acusarme?

¿Hasta cuándo?

¿Esperarás hasta la muerte?

¿Hasta allí, llegará tu injusticia?

Y luego, ¿qué?, ¿qué desearás de Mí, de Dios?

¿Misericordia o justicia?

Ve planteándote, hijo mío, hija mía, que la muerte llegará a ti, algún día.

Y decide si desearás mi justicia o mi misericordia.

Es ahora, aquí mismo, donde, por tus hechos, eliges.

Yo, Dios, incluso en eso, te dejo libre; incluso en cómo deseas que sea contigo.

Si deseas sólo mi justicia, eso tendrás, a cambio de tu soberbia.

Si deseas mi misericordia, la tendrás a cambio de tu amor, hoy, ahora.

¿Qué deseas de Mí, de Dios?

Piénsalo, y libremente, decídelo.

Hoy, ahora, tienes tiempo y oportunidad, ya que aún estás vivo, aún tu espíritu está unido a tu cuerpo carnal, y con tus obras carnales, me dirás, por tu actuación, lo que deseas de Mí, si mi justicia o mi misericordia.

Yo soy justo siempre. Pero cuando mi justicia va unida, por tu amor, a mi misericordia, mi justicia es misericordiosa, por saber de tu imperfección, que fue causa de tu lucha diaria por mi amor, por agradarme y obedecerme, y tu lucha para ir, día a día, perfeccionándote y cumpliendo mis mandamientos, por amor a Mí, a Dios. Esa lucha, hace nacer mi santa misericordia. Y a la hora de tu muerte, mi santa justicia es misericordiosa, por esa lucha, que demuestra tu amor.

Cuanto más me amas, más luchas.

Y cuanto más luchas, más victorias tienes.

Y en la victoria, hay el fiel cumplimiento, con la libertad de obedecerme libremente.

¿Qué deseas de Mí?

Cuando llegue tu muerte, que es sólo la separación de lo espiritual de lo carnal, Yo, Dios, seré lo que tú, hijo mío, desees.

Plantéatelo hoy, ahora, mientras aún estás unido a tu cuerpo físico.

Luego ya no podrás, ya que tu elección debe ser respaldada con las obras de tu cuerpo. Y por ellas, Yo, Dios, sé y veo lo que de Mí, de Dios, deseas.

Repito:

¿Qué deseas de Mí, amado hijo?

Di.