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Revelaciones 52

Jueves, 9 de noviembre de 1995… rezo… (11:58) a (12:35)

 

Yo.- Amor mío, mi Dios y mi único Dios y Señor, te pido para los míos y para mí y para el mundo entero, que no esperemos ni deseemos la felicidad terrenal, ya que la felicidad es vivir eternamente en el Cielo después de nuestra muerte. Yo te pido, Dios mío, Jesucristo, que estemos todos alegres en esta vida, por el hecho de que Tú nos amas tanto. Y, de que si queremos, y queremos, te podemos servir y gozarnos con el servicio: en la enfermedad, el dolor, la pobreza, la tristeza, la riqueza, el amor humano, que es lo que da la alegría de saber y esperar en tú Felicidad. 

+ Estoy muy contento contigo, amada hija Primavera; avanzas con rapidez por el camino de mi Verdad. Mis gracias, derraman sabiduría. Nadie diría, por lo que dices, que seas capaz, a la vez, de escribir con tantas faltas de ortografía. (- Y se ríe bromista, de mi persona. Me gusta su risa, y que sea tan bromista) 

Yo.- Sabes Dios mío, amor mío, nunca me había imaginado que tuvieras tan buen humor y fueras tan alegre y risueño. 

+ Ay, hijos míos, tan amados todos, cuán poco sabéis de vuestro Dios, que tanto os ama. Os habéis quedado, la mayoría, en la imagen triste de mi Pasión. ¿No sabéis que durante treinta años, fui completamente feliz con mi Madre, vuestra Madre?, y muchos años, compartimos la felicidad de estar juntos los tres: Mamá, el patriarca José y Yo. Nos amábamos tanto, y habíamos pasado juntos, tantos apuros, que abandonándonos en los brazos de Dios Padre, éramos felices y dichosos, esperando con amor y paz, su providencia. A veces, mi papá, José, se encontraba momentáneamente sin trabajo y estaba preocupado por Mamá y por Mí; luego, Mamá se daba cuenta de todo; empezaba a cantar con su dulce voz, canciones de confianza en Dios, y papá se acercaba a Mí y me hacía cosquillas, y Yo, Jesús, Dios, me reía, me reía, y con mi risa de niño, hacía reír a papá y a Mamá. Sí, Primavera, amada hija, aunque te extrañas, Yo, Dios, llamaba papá a San José; nadie pensó jamás, que el patriarca José no era mi padre. Y Yo Jesús, Dios, siendo niño, le amé como cualquier niño de vosotros ama a su padre.

Éramos muy felices los tres juntos. Nuestro amor era amor humano perfecto. Por eso Yo, Jesús, Dios, me plazco tanto en el amor que os tenéis los hombres unos a otros, ya que Yo lo sentí, lo viví y os lo recomiendo: hijos, amad a vuestros padres; padres, amad a vuestros hijos; esposos, amaos el uno al otro; hermanos, amaos entre vosotros; parientes, amaos; amigos, amaos; vecinos, amaos, pueblos, amaos, ¡amaos unos a los otros, hombres, hijos de Dios! Y ayudaos, como Mamá ayudaba a papá, y papá, a Mamá, y los dos, a Mí, y Yo, a los dos.

¡El amor! Ese amor que nace de amar primero a Dios, os dará la alegría terrenal y la felicidad Celestial. Soy Yo, un Dios que ama, que ríe y sonríe; ríete tú, hijo mío, hija mía. Ríete conmigo y confía en mi providencia, como la Sagrada Familia confió en Dios Padre, y sirviéndole dio luz al mundo, que estaba en tinieblas, y hoy tiene abiertas las puertas del Cielo.

Confesad ante un sacerdote, vuestros pecados y faltas. Venid a comer mi Cuerpo y mi Sangre, y los minutos que estemos juntos, Yo, Jesús, tu Dios amigo, reiré contigo por haberme amado y sido fiel, y tú, hijo, hija, sentirás la dicha, el gozo de mi eterna sonrisa.

¡Te amo! Si me amas, ven, que te estoy esperando para darte mi alegría, la alegría de mi amor, de ese amor que lo abrasa todo y que da calor, el calor de sentirte amado por tu Dios. ¡Ven! ¡Ven! Te estoy esperando. ¡Ven!