Saltar al contenido

Revelaciones 33

Lunes, 27 de mayo de 1.996   Rezo…      12:50 h a 14:26 h.

Yo.- Amado Dios ¡Amor! ¿Qué deseas decir?

+ Poned atención:

¿Me temes? Di ¿tienes miedo de Dios?

Sé que tienes miedo de Mí, lo sé.

¿Por qué me temes?

¿Es que crees que mi poder es para destruirte?

¿Es que crees que si te veo de continuo, es para que pueda juzgarte malo y mandarte al Infierno cuando mueras?

¿Qué ideas son esas?

Ese no soy Yo, Dios.

Si me temes, es que no me conoces bien.

Y si no me conoces bien, no me amas.

Y no quieres ni querrás, vivir conmigo en la Eternidad Celestial.

Preferirás a Satán, al demonio, ya que sabes que es malo y no lo oculta a nadie.

Nadie dice que Satán, el demonio, sea bueno.

Lo que dicen es que tiene mucho poder; poder para darte riquezas, mujeres, cosas codiciables.

Pero nadie dice que sea bueno, santo.

O dicen que es “poderoso”, u ocultan su existencia.

Pero nadie miente, diciendo que es bueno.

En cambio de Mí, de Dios, hablas lo falso.

Cuando tenéis una desgracia, decís mal, Dios lo quiere. ¡Eso es totalmente falso!

¡Yo, Dios, lo permito, pero no lo quiero!

Os hice, os creé perfectos, sin dolor, sin muerte; ¡fueron vuestros primeros padres, quienes por codicia, se vendieron a Satán, y éste les dio lo que codiciaban, y al unirse a él, se unieron libremente al mal.

Todos sabéis que Adán y Eva, eran felices viviendo en el Paraíso terrenal.

Hablaban directamente conmigo, dialogaban con Dios, su Hacedor.

Hasta que no entró Satán en sus vidas, eran felices, no se escondían de Mí.

Cuando los hombres os escondéis de Mí, dejáis de ser felices.

No podéis pensar que, de continuo, os veo, os estoy mirando. ¿Por qué?

Os lo digo: Porque sois infelices, al ser imperfectos y tener faltas y pecados.

Cuando acabáis de confesaros, no tenéis miedo de que os vea, ¿verdad?

Es más, incluso os agrada uniros a Mí, a Dios. En la Comunión estáis felices.

¿Qué deducís de mi explicación?

¿Soy Yo, Dios, quién os doy miedo? ¿O sois vosotros mismos y vuestra imperfección, que por no querer admitirla, no usáis de mis Sacramentos y no vais a confesarla?

Y es ella que os hace soberbios y os hace tener miedo de lo perfecto: de Mí, de Dios, por no poder ser como Yo, Dios.

Y vuestra vanidad, os hace renunciar de Mí, de Dios.

Y preferís a Satán, por ser malo, mucho más que vosotros, y por eso os sentís superiores a él, y por este hecho, lo tratáis.

Y es vuestra estupidez, vuestra tonta soberbia, la que os hace esclavos del demonio.

Es así, hijos míos.

Quien me teme, es que no me conoce.

Y si no me conoce, no anda conmigo.

Y si no anda conmigo, anda el camino del Infierno, de Satán.

Aunque no lo creas, sólo hay un Camino, una Verdad, y quien no está en ella, no está en otra verdad, ya que no existen varias verdades, ¡sólo una!

Por ejemplo: o hace sol, o no hace sol. No existe medio sol, o un poco de sol. El sol es todo o nada. O es de día, o de noche.

Así es: o vais conmigo, con Dios, o con Satán.

Si vais con el mal, os escondéis de Mí, de Dios.

Y no os escondéis de lo que no tenéis miedo.

Sólo os escondéis de lo que teméis.

Y si os escondéis, es que sabéis que Yo, Dios, existo.

¡No os escondéis de algo que no existe!

Sólo tenéis miedo, cuando os sentís inferiores.

Y si os escondéis de Mí, de Dios, es que os sabéis inferiores a Mí, a Dios.

Pero vuestro orgullo y soberbia, os impide ser humildes y aceptar que Dios es Dios, y vosotros, mis criaturas.

Ya que si lo aceptáis, no tenéis más remedio que amarme y darme gloria, con vuestra persona toda.

Es decir, agradecerme el que os hiciera existir.

Pero por vuestra falta de humildad, preferís no pensar, os bloqueáis la mente y el corazón.

Y algunos negáis neciamente mi existencia.

Decís: Dios no existe. Así os evitáis sentiros inferiores a Mí, a Dios.

Y si servís y sois pasto del demonio, os lo negáis también.

Ya que si no existe Dios, decís que tampoco existe el demonio, el mal.

Total, que si no hay mal, no hay bien, todo es relativo.

Y si es relativo, quizás vosotros mismos no existís. “¿No será todo un sueño?”, decís.

Por vuestra falta de humildad, ni vosotros existís.

Y continuando estos falsos pensamientos, llegáis a destruir lo más hermoso que nació de Mí, de Dios, vuestro espíritu.

Yo, Dios, a través de mi hija y fiel instrumento, Primavera, os iré demostrando que sí, que existís, y no sólo en el mundo, sino en la eternidad, después de vuestra única muerte.

Eternidad en el Cielo, o en el Infierno.

Pero hoy, mi Voz os llevará al discernimiento de que si me tenéis miedo, no vendréis, después de morir, al Cielo.

No vendréis, porque, primero, al tener miedo de Mí, de Dios, vivís a escondidas. Y ¿Qué se hace a escondidas, el bien o el mal?

Cuando uno esconde todos los hechos de su vida, vive de espaldas. Y, ¿qué se hace a las espaldas? El mal. Eso hacéis los que vivís a escondidas, por temor a que os vea. Y os digo que, igualmente, os veo, viváis a escondidas, o a plena luz.

Y sigo diciéndoos, si a escondidas hacéis el mal, no os gustará vivir otro día en la eternidad de la Luz, del Espíritu Santo, Dios mismo, en unidad y en sí mismo. Y el miedo os llevará al Infierno, a seguir viviendo en la eternidad del Infierno, siguiendo dando la espalda a la Luz, a Mí, a Dios.

Yo, Dios, sé que sois humanos y no dioses, y por tanto no sois perfectos como Yo, Dios. No dudéis, hijos amados, que lo sé.

Lo que ocurre es que vosotros no sabéis que lo sé, o lo dudáis, ya que vuestros deseos de perfección, y habiendo sido vuestros primeros padres perfectos, tenéis en vuestro espíritu, la amargura de saber que, cuando hacéis algo mal, ha sido negándoos a algo íntimo, ya que en vuestro interior tenéis la certeza de que lo que habéis hecho, lo podríais haber hecho mejor.

A eso lo llamáis, espíritu de perfección, ¿verdad?

Pues esto es el dolor de vuestra naturaleza perdida, por el pecado de vuestros primeros padres, Adán y Eva, y que, a través de ellos, os dieron por herencia la imperfección.

Más Jesucristo, Yo, Dios, vine al mundo y os reconcilié con la perfección.

¿Cómo?

Pues fundando mi única Iglesia, la Católica, Apostólica y Romana.

Y os dejé a Mí mismo, en las personas de los Eclesiásticos: los Sacerdotes, Obispos, Cardenales, el Papa. Ya que ellos son Yo mismo, Jesús, Dios, ya que ellos, pueden ayudaros a recuperar la perfección perdida por el pecado de vuestros primeros padres, Adán y Eva. ¿Qué, cómo? Pues administrándoos, por y a través de mis Santos Sacramentos, a Mí mismo, a Dios Espíritu Santo, que estoy en los Sacramentos.

Si utilizáis de ellos, os vais perfeccionando, os hacéis santos, ya en el mundo.

Todos sabéis que los santos son los héroes de la perfección.

Y ¿qué es un héroe? 

Decís que los héroes son los vencedores de la lucha.

Y ¿qué ha ganado un santo, un perfecto? Pues, ha ganado la perfección, en grado superior, en todos sus hechos vividos en la tierra.

Quien más a menudo, utiliza de las herramientas y armas de la perfección, es el que más victorias tiene.

Nadie puede conseguir la victoria, si no lucha con armas, con los Sacramentos.

¡Es imposible ser santo, sin mi Espíritu Santo que está en los Sacramentos, y es lo que os perfecciona!

¿Hay algún Santo que no sea de la Iglesia Católica?

Y cuando digo Santo, digo aquél que ha pasado de la muerte a la eternidad celestial, de inmediato.

Hay muchos hijos míos que, cuando os morís, no vais al Infierno, ni al Cielo, sino que pasáis parte de la eternidad en el Purgatorio, que está a las puertas del Cielo. Pero que al no estar en el Infierno y estar Yo, Dios Hijo allí y mi Madre María Santísima, está en el Cielo, sin ser el Cielo, pero no ser el Infierno.

Los Santos, digo a los que cruzan la muerte y se llenan de gozo al ir a mi Corazón, al Corazón de Dios, que es y está el Cielo, estos, han usado, y muy a menudo, de mis Sacramentos, de las armas de la santidad, es decir, de la perfección.

Y como han usado de Ellos, y Yo, Dios, estoy en Ellos, no me temen, no me tienen miedo, ya que en vida, han vivido conmigo, y siguen después de la muerte, viviendo conmigo, con Dios Espíritu Santo, Dios.

Pero el que me teme, es que no vive conmigo, y si no vive conmigo, no va después de la muerte, a Mí, a Dios, ya que antes, debe purificarse de su error, de darme la espalda. Y sufre innumerables tristezas y horrores en el Purgatorio. Y aunque María Inmaculada, cuida sus heridas, éstas le hacen sufrir de continuo, de día y de noche.

Y hay algunos que, después de la muerte, su miedo a Mí, a Dios, les hace elegir el Infierno, por conocer ya en vida a Satanás, el demonio, y servirlo.

¡No me tengáis miedo!

Sabed la verdad.

La verdad, que es vuestro miedo, el que os hace imperfectos y os separa de Mí, del Cielo.

Sed humildes.

Y reconoced que no sois dioses, ni lo seréis jamás.

Sois hombres, hijos del Dios único y verdadero, del Dios que os creé, porque os amo, y para que viváis viendo mi rostro y dialogando conmigo.

Que vuestra imperfección, no os haga soberbios, amados hijos míos.

Al contrario, que vuestra imperfección os haga humildes, y vuestra humildad os lleve a buscar las armas para conseguir la perfección, o sea, los Sacramentos.

Yo, vuestro Padre Dios, os los di a través de mi Hijo Dios, Jesús.

Y Él, como Yo, y el Espíritu Santo, soy Dios, somos Dios.

Y tú, aunque no eres Dios, eres hermano de mi Hijo, Dios.

Y su Madre, la Virgen Inmaculada María, es tu Madre.

Y tienes tu casa en Mí, en Dios, en el Cielo.

¡No tengas miedo de Mí!

¡Que Yo, Dios, morí en la Cruz por ti!

Y si morí y resucité, tú morirás y resucitarás.

¡No tengas miedo! Y si no tienes miedo, vendrás a Mí, al Cielo.

Ven.

Si quieres, vendrás.

Puedes venir, si quieres.

¿Quieres?

Ven.