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Revelaciones 30

Martes, 26 de diciembre de 1995… rezo… (23:32) a (00:01)

 

Yo.- Cariño mío, mi amor y mi Dios, ¿deseas decirme algo?

+ Buenas noches, hijos míos, que descanséis en mi paz, en la paz de Dios. Muchas gracias, amados míos, por haber ido a comulgar. Dios está contento con el sacrificio que habéis hecho, y os aumento las gracias; las gracias espirituales de Dios, os son aumentadas.

Todos los hijos que puedan, es agradable a Dios, que comulguen a diario, si no tienen pecado mortal; y si alguno lo tiene, acuda a un sacerdote, y confiese.

Ay, hijos míos, Dios se duele de los sacerdotes que no dan importancia a la confesión, y algunos incluso ponen impedimentos para que Yo, Dios, me reconcilie con mi amado hijo, mi amada hija, que está en pecado; y al estar en pecado, además de no recibir mis gracias, va perdiendo las que había logrado.

Hijos sacerdotes, ¡os quiero Yo, Dios, en los confesonarios!

Si os ven allí, esperando, moveréis al arrepentimiento a mis amados, y Yo os colmaré de dicha, por cumplir con vuestro deber.

¿Por qué ya no exigís el deber a vuestros feligreses?

Yo, Dios, que todo lo sé, os lo diré: es porque vosotros no cumplís con vuestro deber; y, ¿cuál es el deber de un sacerdote?: ¡consolar a las almas!; y la confesión, consuela, alivia la carga y aumenta las gracias.

Hijos míos, sacerdotes, ¿no recibís de la Santa Sede, una paga? Pues, cumplid con el trabajo por el que se os paga. Y, ¿cuál es vuestro trabajo?, servir a mi Iglesia; y, ¿cómo se sirve?, cumpliendo la voluntad del supremo director, el Santo Padre. Si no deseáis o no queréis cumplir, ¡renunciad a la paga por lo que se os paga!

Deseáis el dinero, pero muchos no cumplís lo que el Papa os recuerda, y son las órdenes que ¡Yo, Dios!, he dispuesto para mi Iglesia.

¿A qué vestir como si os avergonzarais de vuestra dignidad, de vuestra dignidad divina, de ser mis sacerdotes, los sacerdotes de Dios, del Dios Creador?

La policía lleva distintivos, y con honra los lleva, y por el aspecto físico, hacen temblar a mis hijos y les hacen cumplir con la ley urbana; y vosotros, ¿con qué distintivo exterior, podéis hacer cumplir las enseñanzas de vuestro Dios de amor, si no se os reconoce, y se os confunde con el rebaño?

¡Sois mis Pastores!

Los Pastores de Dios.

¿Cómo pueden seguiros mis ovejas, si no os reconocen?

Y ¿a qué comulgar en la mano? Yo, Dios, me doy por amor, y no por caridad humana.

Cuando mis hijos extienden la mano para que el sacerdote me ponga allí, noto la desconfianza de mis hijos, parece que me piden por favor. En cambio, comulgar directamente en la boca, es un acto de amor. Una madre, cuando le da de comer a su niño, no le da la comida en la mano; su amor y su confianza, le dan directamente la comida en la boca. Y, ¿qué es la Iglesia, sino vuestra Madre?

Ay, sacerdotes, amados todos, meditad mis palabras, y ved y observad al Santo Padre, e imitadlo, obedecedlo y amadlo. Él os ama y sufre por vuestro descontrol.

¡Ya sois mayores!, no puede agarraros por las orejas, como a chiquillos.

Antes de consagraros al servicio sacerdotal, estudiasteis durante muchos años, en los que tuvisteis tiempo, libremente, de decir sí o no, al sacramento sacerdotal. Pues si uno dice sí, en libertad, es un compromiso; y un compromiso, no es para nada más que para cumplir lo que uno se compromete. ¿Qué es eso de querer luego, cambiar la naturaleza del compromiso, al antojo o a la debilidad de cada uno? No, hijos míos, sacerdotes, todos tan amados por Dios, y tan deseados:

¡Eso no es justo!

La justicia es cumplir con la verdad, y la verdad es una, y no se puede cambiar al antojo.

Yo, Dios, os amo y os pido con todo mi amor, que meditéis a la luz de mi Espíritu, que os doy con el sacramento sacerdotal, y cumpláis con la justa verdad. Y, ¿cuál es la justa verdad?

Os diré Yo, Dios: la justa verdad, es que Cristo, antes de morir, le dio las llaves a Pedro, por Nuestra voluntad; la Suya, como Dios Hijo, y la de Dios Padre y Espíritu, que son, somos, es, Dios. Y, ¿cuál es el sucesor de Pedro?, ¡el Papa!

Sé que todos, en lo profundo de vuestro corazón, soñasteis, cuando estudiabais en el seminario, con que, a lo mejor, podríais llegar algún día, a ser vosotros uno de mis sucesores; ¡un Papa! Y os pregunto Yo, Dios: ¿qué os habría gustado hacer y que os hicieran, de llegar a ser Papa? Yo os lo diré: os hubiera gustado mandar y que os obedecieran. Pues; ¡eso mismo, haced!, ¡¡obedeced!!

Además de ser vuestro deber, sabéis que es de justicia.

Yo, Dios, espero cumpláis lo mismo que vosotros mismos mandaríais:

La obediencia.

¡¡Hacedlo, hijos Míos, y viviréis!!

Si no lo hacéis, Yo, Dios, os digo, por mi justa justicia, ¡moriréis!