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Revelaciones 31

Miércoles, 27 de diciembre de 1995… rezo… (13:23) a (13:58)

 

Yo.- Amado: ¿podrías Tú, Dios mío, escribir a través de mí, la canción de Satán: Zogo?

+ Yo, Dios, deseo hacerlo y lo hago:

 

Existe el Infierno,

existe el Malvado,

el que confunde al hombre

por Dios creado.

Nadie se escapa de su influencia,

en la duda de creer,

si Dios es, era o será.

En él está la maldad.

 

Era un ángel reluciente,

de luz purísima e incandescente,

era el preferido de Dios,

y se rebeló, y dijo no, no, no, no.

 

Y por su negativa de servir,

se fundaron los infiernos,

que son como un pozo, profundo y negro.

¿De quién hablo?

¡De Satán!

El que se rebeló a Dios,

el mismo que no cedió,

y cavó el foso de la desunión.

 

En el Cielo se emprendió la lucha,

y lucharon por el bien,

los ángeles que aceptaron

servir a los hombres, por Dios.

 

Los demonios no quisieron

servir a la pobre gente,

que por Adán y Eva,

se desunieron a la perfección.

Y por los primeros padres,

llegó el dolor,

el dolor de vivir sin ver a Dios.

Y fue Satán, el demonio,

que astutamente engañó

a Eva, primero,

y ésta, por su deseo,

rindió al varón.

 

La historia del mundo

empezó por un no, ¡no!;

no, que dijo Luzbel,

y en Satán se convirtió.

 

Y Dios formó los infiernos,

ya que el mal, no puede estar en el bien;

y el mundo está en medio.

 

Si el hombre, al que Dios ama,

está confuso y perdido,

es por la furia del mal

que desea destruirlo.

 

Y la destrucción llega

a través de la mentira

de la mentira que oculta

que Dios ama a sus hijos.

 

Y los hijos, sin amor,

van de desespero en desespero,

ya que sus ansias de amar,

no encuentran un rostro bueno.

 

Y en la plenitud de los tiempos,

nació en Belén de Judea,

de la entrañas purísimas

de una joven llamada María,

el Dios que salva las vidas.

 

Ese Dios que creó el mundo,

el mismo Dios, al que Satán dijo ¡no!,

es el Dios Niño; Jesús,

que murió luego en la Cruz.

 

Y murió por el no del diablo,

que causó la destrucción humana,

y que está furioso con el hombre,

ya que por él dijo ¡no!, no, no.

Y ese Dios, que es Parte y Dios,

que es el Dios Hijo,

Parte de Dios Padre,

y del Dios Espíritu Santo,

y Dios,

ese Dios os dice:

“Hijos míos,

os amo, os amo, Yo, Dios”.

 

Y ahora, ya tiene el hombre

un Amor bueno por quien dejarse amar,

y ese Amor habita en cada uno,

y cada uno sabe que es verdad.

 

Y Dios, el Cristo, Jesús, el Dios Hijo,

nos da su amor,

el amor de Dios en Unidad.

Y ese amor, es el amor que nos da paz,

y la paz está en la Iglesia,

¡la Única Iglesia de Dios!,

¡La Católica, Apostólica y Romana!,

la que tiene por Reina y Señora

a la Virgen Inmaculada.

Y que el Santo Padre, desde Roma,

guía con el Espíritu de Dios,

a todos los hombres,

a la unidad y reconciliación.

 

Es la verdad de la Biblia,

la verdad del Divino Amor,

del amor en que Dios nos ama,

y que por sus sacramentos en acción,

nos libran de Satán, de Zogo,

que desea nuestra total destrucción.

¿Quién elige el Cielo, el Amor?

¡Yo, yo, yo, yo…!

 

+ Amados míos, más que cantarla, que la vaya recitando mi bonita hija Esperanza; vais enfocando el cuadro, y de vez en cuando que interrumpa su voz y se oiga la música, ¡le subís un poco el volumen!, y lo bajáis cuando vuelva a recitar. Que tú, Primavera, hija mía, y Bondad, lo preparéis.

Estoy muy contento y agradecido, Yo, Dios, os doy mis gracias, mi eterna amistad y mi bendición.

¡Gracias! gracias hijos míos. (Yo.- Y lo veo tan emocionado, que parece como si aguantara su llanto).