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Revelaciones 19

Miércoles, 4 de octubre de 1995… rezo… (11:25) a (12:28)

 

Yo.- Amado, mi amado Dios ¡te quiero con todo mi corazón! Tengo que preguntarte si deseas que mis hijos acudan a la escuela pública; ya que mi amado sacerdote Xifón, me aconseja que sí, pero me dijo que te lo preguntara. Yo te diré la verdad: si pudieran ir a una escuela de De Belén (católica), aún vacilaría un poco en decir que sí, pero tengo mis razones para negarme a que vayan a la escuela, y quiero decírtelas, aunque supongo que ya las sabes, pero te las diré para quedarme más tranquila y así veré en tu contestación, tu voluntad imparcial.

Verás, Dios mío, te diré que, a mi entender, eso de la escuela es para meditarlo detenidamente; las clases son multitudinarias, treinta o cuarenta individuos por aula; allí, el tímido nunca hace nada y, si dice algo, es humillado, vencido, por el caradura o el más bestia. En la escuela, los niños tienen que aprender a sufrir y a callar, o a dominar a los demás, y ¡no me gusta! No hay amor, hay competición. Se aprende, mayormente, por la puntuación, no por los deseos de saber, de servir a los demás y ser útiles a la sociedad. Eso, dejando aparte, que los niños pierden su salud y vigor, estando tantas horas expuestos a la sombra de una luz artificial, dominando sus ganas lícitas de jugar y saltar al sol, en medio de la naturaleza, respirando el aire fresco y saludable de los árboles. Eso de las escuelas, es un invento del último siglo; antes, eran los padres quienes educaban el carácter de sus hijos. Ahora, el carácter no importa; lo importante es tener un título para tener poder ante los demás, y dinero para comprar cosas. ¡No quiero, Dios mío, que te enfades por mi forma de pensar! Yo creo en los estudios, es más, creo tanto en ellos, que creo que el deber de toda persona, es ir estudiando y perfeccionándose durante toda su vida, no sólo para sacar el título y disponerse a llenar el bolsillo. No quiero que pienses que no deseo que mis hijos no tengan estudios. ¡Que sí me gusta que los tengan! Sabes bien que cada día les hacemos muchas horas de clase, y estudian, y no pasan de tema, hasta que no lo saben bien, bien. Pero creo que hay una edad para jugar y disfrutar del amor y la compañía de los padres, en especial de la madre. Y eso, a mi entender, es hacia los once años, años en que una madre debe ir formando el carácter de cada uno de sus hijos, ayudándoles a dominar su temperamento. Luego, ayudarles a descubrir su fin primordial en esta vida; pero no para hacer dinero o para dominar a los demás, sino para glorificarte a Ti, Dios nuestro, con un trabajo bien hecho, y en el que las aptitudes de cada hijo sean las mejores para servir al mundo. Yo estoy a favor de abolir las escuelas, y que haya profesores particulares que enseñen a nuestros hijos en sus hogares. Claro que hay temas que son muy caros, pero esos temas se pueden impartir cuando los hijos son mayores y su carácter está en buen camino.

Amado Jesús, la verdad es que preferimos la santidad en nuestros hijos, su buen carácter y equilibrio emocional, afectivo y social, que lo da la familia, la bondad. Y toda nuestra labor y amor en ellos, es para Ti, Dios, Uno y Trino. Te queremos, te amamos sobre todas las cosas. No hay mayor felicidad que esta: aceptar tu amor y darte el nuestro. Gloria a Ti, Señor. Alabado sea por siempre tu Santo Nombre. Sí, ámanos.

No sé si he hablado demasiado, pero ahora estoy aquí, humildemente dispuesta a oír lo que crees que deben hacer mis hijos: dímelo, por favor.

(Vuelvo a rezar la oración de la luz. No sea que ya no haga efecto, después del rato que llevo escribiendo.) 

+ Primavera, hija amada, estoy contento con tu larga explicación. Hoy día, todo el mundo pone en primer lugar, triunfar profesionalmente en esta corta vida que tienen. Tú y tu amado esposo, habéis escogido otro camino, más duro, ya que los niños te molestan durante todo el día, y, cuando acuden a su padre, no le dejan trabajar en paz. Pero, ¡qué maravillosos hijos tenéis! Todo el mundo que los conoce, lo admite sin discusión. Esos hijos tuyos y míos, son todo amor, toda luz.

Deseas, Primavera, que te dé una respuesta muy concreta, y no te la daré, ya que los padres deben darme a sus hijos, como mejor lo crean conveniente.

El deber de los padres no es darles títulos universitarios, el deber supremo de los padres, es acercar a sus hijos a Mí, su Dios y único Señor. Pueden tener títulos universitarios; no me importa si los tienen o no, pero lo que sí importa que tengan a la hora del juicio, es un alma pura que sirva en exclusiva a su Dios. Y la eternidad es eterna, mientras que la vida temporal es limitada. 

Yo.- Así ¿qué deseas que hagamos? 

+ Seguid como hasta ahora. 

Yo.- ¿No puede ser que yo me lo invente eso? 

+ No, porque Yo demostraré al mundo, que sin títulos, se puede amar tanto a Dios, que Dios da la gloria por su santa voluntad. 

Yo.- Dios mío, estoy contenta porque no te enfadas de que los niños no vayan a la escuela, pero, como es lo que ya hacemos, pienso que si dijeras lo contrario, el sacerdote Xifón, vería más claro que Tú eres Dios, el que habla a través de Mí. 

+ Xifón, hijo mío, observa las obras de mis hijos, Fuerza y Primavera; observa a sus hijos y, por sus obras, creerás que Yo Dios les doy mi protección, mi amor y bendición.

No sabes hijo mío, amado Xifón, lo que esos niños me dan a Mí, a Dios. Me dan algo más precioso que todos los títulos académicos y universitarios de todos los hombres de todos los tiempos. Yo los deseo así, y así los tengo. Y mis maravillas florecerán en ellos, y el mundo sabrá que Yo Dios estoy con ellos y soy su inspiración. Su título es mi amor. Yo los he guiado por esta senda, y es el camino que deseo que anden. Xifón, hijo mío, ocúpate de ayudarles a ser buenos, y ser bueno, es cumplir mis mandamientos. 

Yo.- Estoy pensando Dios mío, que si hay gente que lee esto, y dan y han dado su vida y su trabajo para que sus hijos amados tengan esos títulos y los mejores estudios, se van a enfadar conmigo y quizás Contigo. 

+ Estudiadme a Mí, aprended de Mí. 

Yo.- Bueno, yo creo que eso también ya lo hacen. Son personas buenas que te aman, y tienen además títulos académicos o universitarios. 

+ Sí, lo sé, y a estos hijos los amo. Pero me has preguntado por tus hijos, y mi respuesta ha sido para ellos. 

Yo.- Pero yo no quiero que los consideren diferentes de los suyos, y no quiero que piensen que Tú estás en contra de los muchos estudios y títulos. 

(- Se ríe) Ay, Primavera, los hombres no piensan como Dios, y Yo no tengo por qué dar explicaciones. Los hombres son libres, y libremente pueden y deben actuar con la educación de sus hijos, como libremente lo hacéis vosotros. Y si me place vuestra libertad, me place. Y no voy a decir que otras libertades no me placen por igual.

Vosotros, amados Fuerza y Primavera, haced lo que os dicte vuestra conciencia, que Yo os pediré cuentas, cuando vengáis a la Vida Eterna. Os amo tanto, hijos míos. Sedme fieles hasta el Fin, y Yo estaré en Él. 

Yo.- Nota (26-12-2.005) Nuestros hijos estuvieron estudiando y les impartíamos clases, en casa, hasta 1.999. Luego asistieron a un colegio católico, concertado con el Estado. Y ahora, a partir de este septiembre-05, asisten al colegio estatal.

Siguen siendo buenos cristianos, siguen portando luz de amor, paz, alegría, servicio y libertad, allí donde van. Porque es la familia, la Iglesia doméstica, quien les ama; y dándoles amor auténtico, estén donde estén, allí está el amor y el servicio a Dios. Viven en gracia de Dios, son asiduos a los sacramentos y no hacen discriminación de personas; a todos aman, a todos sirven, por amar a Dios.

Dios tiene razón; no importa si tienen o no, nuestros hijos, títulos académicos o universitarios; lo importante es que le tengan a Él, a Dios, le amen sobre todas las cosas y personas, y amen a todos los demás, y sirvan a Dios y a ellos, por amor al Amor, a Dios.

Lo importante en nuestros hijos, es que nosotros, sus padres, sepamos lo que deseamos darles; y en primer lugar, la vida, por amor, por amor a Dios y amor de esposos y amor a ellos. Cuando hay amor verdadero, las circunstancias son pruebas, pruebas con su cruz, para probarnos la fe, y el amor verdadero.

No tengamos miedo. Todo lo podemos, viviendo en gracia de Dios. Cada vez que comulgamos, estamos unidos, físicamente y espiritualmente, de verdad, con Jesús, con Cristo Rey. Y si tenemos al Rey del mundo con nosotros, nadie contra nosotros; todo lo que vivimos, es porque Dios lo quiere y es para un bien, para nuestra santidad. Podemos resistirlo todo, podemos vencer a todas las tentaciones, porque Dios jamás nos prueba lo que no podemos enfrentarnos, resistir y ganar. ¡Tenemos “madera” de héroes, los que amamos al Amor! Cristo lucha a nuestro lado, por estar siempre en gracia de Dios, y, somos vencedores, porque nada ni nadie puede vencer a Dios. ¡Nada ni nadie!

Sólo Dios basta. Estemos en casa, estemos entre los que se llaman “buenos”, o estemos con los que algunos llaman el “mundo”, y son todos nuestros semejantes, todos iguales, sólo que nuestra libertad decide si vivimos en gracia de Dios, con Jesús, o solos. Nadie puede influir en esto, es un privilegio único de libertad individual, por la gracia de Dios, nuestra voluntad y el libre albedrío.