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Revelaciones 89

… rezo…

 

+ Yo, Dios, Uno y Trino, doy por finalizado mi segundo libro de Locuciones contigo, Primavera. Y aquí, deseo, que se dé comienzo a la sección de mis Locuciones Divinas contigo, instrumento de Dios, para que todos los hombres, vean mi amor.

Y doy permiso a dar nombre a mi tercer grupo de Locuciones contigo, Primavera, con el nombre, con el título de:

Dando la mano a Dios.

Sí, dad la mano al Amo del amor.

En este tercer grupo de mis Locuciones, donde acabó “Amando al Amor”, ¿qué veréis, más amor?

¿Os molesta ver mi amor?

Si estáis molestos de ver el amor de Dios, necesitáis de confesión inmediata.

Ya que, nadie verdadero, puede vivir sin amor y menos, mucho menos, sin mi amor.

Y lo falso, es no querer amor.

Si eres falso contigo mismo, ¿qué pueden esperar de ti, tus amigos?

¿Que no tienes amigos?

¡Te falta amor!

Quien tiene mi amor, tiene amigos, ya que mi amor, el amor de Dios, os hermana y os da la mano para que no caigáis en lo falso, en la mentira de querer vivir sin Mí, sin Dios y mi amor.

Sin Mí, ¿qué te queda? ¡Nada!

Porque sin Mí, no tienes nada, no eres nada, y nadie te necesita, y por eso mismo, estás solo, no hay amigos.

¿Quién quiere a un ser vacío?

¡Yo, Sí!, Yo Dios, mismo, te quiero para llenar con mi amor, y darte el fuego que es luz y es calor, por el sufrimiento de llevar tu cruz.

Y, ¿por qué digo que es calor? Porque el sufrimiento es tan amargo, que da calor al cuerpo, el calor del sobrepeso, de lo pesado que es la cruz.

Muchos no tenéis amor y creéis que tenéis amigos, y vais de fiesta y reís y gozáis del placer carnal. Pero pasado un breve tiempo, no hay amistad, hay miedo a la soledad; la soledad de vivir sin amor, sin el amor de Dios, mío.

Y, ¿por qué digo que necesitas de confesión? Sí, necesitas hablar de tus pecados, conmigo, con Dios. Y al decirlos al sacerdote católico, que me representa en el confesonario, me los cuentas a Mí; hablas conmigo, con Dios, Uno y Trino. Y es que, verás, ¿no serás tú, tan loco, de contarlo a un sacerdote? No, no es el sacerdote; es a Mí, a Dios mismo.

Qué bien te sientes luego, y, ¿sabes por qué? Yo, Dios, te lo diré: porque no estás solo, sino que vas viviendo en la gracia de dar, cara a los hombres, tus semejantes, tus iguales, dando la mano a Dios. En este libro, os mostraré la dicha de no estar solo jamás, ¡jamás!

 

Continúa en el tercer libro:     
DANDO  LA  MANO  A  DIOS