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Revelaciones 72

Miércoles, 7 de febrero de 1996… rezo… (9:44) a (10:40)

 

Yo.- Señor, mi Dios; meses atrás, yo pensaba en cómo ser santa, no para que los hombres me hicieran una estatua, ¡no!, sino para ser cierto que después de muerta, viviría junto contigo, y Tú estás en el Cielo. Sólo por eso, quería ser santa. Pero ahora, ocurre que tengo otra obsesión, y es ser humilde. Estoy muy preocupada, ya que si Tú, amado Dios, no me puedes dar la humildad, ¡no sé cómo la conseguiré! Además, en el mundo, la palabra humildad no se explica como Tú la explicas; más bien hacen creer que una persona humilde es sosa, y si además de ser humilde, uno tiene que ser la sal de la vida… Ya me dirás qué lío, ¿no?

+ Es cierto, hija mía, la humildad no la puedo dar Yo, Dios, pero sí podéis pedirla.

Yo.- ¡Ah! ¿Sí? Pero, si la pido y no me la puedes dar… ¿?

+ Pero por mi poder, puedo hacer, a través de mis ángeles y mi Providencia, que las circunstancias que te envuelven, te ayuden a ser humilde.

Puedo permitir una enfermedad, un disgusto, un contratiempo, un revés de la vida, y eso te ayuda a ser humilde, amada Primavera, ya que compruebas tu nada, y vienes a Mí, a Dios.

Yo.- ¿Y no se puede conseguir la humildad, en la felicidad y prosperidad?

+ No, hija mía. Más bien, en la prosperidad hay soberbia.

Yo.- ¿Así que para ser humilde, uno tiene que sufrir?… ¡Estoy apañada!

+ La humildad está en el sufrimiento, (y sonríe) pero uno puede sufrir por muchas cosas, y el sufrimiento más agradable a Dios, a Mí, es sufrir por mi amor, por querer amarme más y más, a pesar de tener felicidad y prosperidad, y ver que aún me amas poco y me sirves con obediencia, pero no por total entrega y amor.

Yo.- Estoy segura, Dios mío, que jamás lograré ser humilde. Era más fácil pensar en ser santa, ya que cumpliendo mi deber y Tu voluntad, uno puede serlo, ¿no? Pero ser humilde es completamente imposible; a veces me despisto y no me porto nada bien.

+ (Sonríe con infinita paciencia y ternura) Y es que Yo, Dios, os amo y soy paciente, por ser perfecto, Santo.

Y te diré que un santo debe, tiene que ser humilde.

La humildad es la parte interior del santo.

La exterior, es su perfección.

Pero nadie puede ser perfecto exteriormente, si no es humilde en su corazón.

Yo.- Ahora sí que veo lejos que pueda estar otro día contigo en el Cielo, si tengo que ser humilde y perfecta. Con el mal carácter que tengo. ¿Podrías Tú, Dios mío, hacer algo al respecto? ¿Eh? Por favor, por favor. Si no, no podré estar contigo, y yo quiero, necesito estar contigo. No me gusta Satán, no lo quiero. Estoy harta de él. Me tiene frita. Ya casi no me da miedo, como lo veo y escucho tanto… Y por cierto, Dios mío, no permitas que venga tan a menudo; me pongo muy triste y pienso que ya no me amas, que Tú no vendrás más. ¿Qué puedo hacer, mi Dios, mi amado amor?

+ Sé humilde, Primavera, sé humilde y acepta que Satán forma parte de la vida, y que debes luchar contra él y tener más fe en Mí, en Dios, que Yo te amo, criatura mía, y mientras Satán te molesta, Yo, Dios, te observo en la prueba. Jamás te dejo, ¡jamás! Y si continúas así, luchando, luchando, te aseguro que serás santa, santa por estar conmigo en el Cielo. (Y sonríe dulcemente).

Sé que amas mi dulzura, y Yo, Dios, te la doy.

La santidad es la lucha fiel por Dios.

Nadie es santo, nadie es perfecto en el mundo.

Es la lucha por serlo, lo que os permitirá ir otro día al Cielo.

Y, sólo lucha el humilde, el que se reconoce pecador, imperfecto.

El orgulloso, el soberbio, ¿para qué debe luchar, si se cree perfecto? Él, pide que luchen los demás, que se perfeccionen los otros, así le perdonarán y le excusarán sus pecados e imperfecciones. Mas él, sermonea, habla, pero no se humilla ni ante Mí, Dios, y mucho menos ante los hombres.

Y te digo, amada Primavera, que mi Madre, la sin par María, está aquí conmigo, ya que oyó tu súplica de ayer, en que le pedías ayuda para ser como Ella. Ya te dijo, hace meses, lo primero que debes hacer, y hoy te hablará a ti, y a todas la mujeres que deseéis imitarla.

* Hijita mía, mi niña. (Y sonríe con alegre dulzura. Es tan guapa y joven. Sus ojos brillan y están abiertos del todo, como si acaparasen toda la Belleza del Cielo). Y así es, mis ojos ven a Dios y transmiten su Amor.

Gracias por pedir ayuda a tu Madre. Y Yo, María, Madre de Dios y vuestra, os sugiero a todas las mujeres, el silencio, sí, el silencio. Vuestra tendencia, por la imperfección, es hablar demasiado. Y en el mucho hablar, hay pecado. Sed más recogidas, mucho, muchísimo más discretas, y la mitad de los problemas, se os solucionarán por sí solos; y será debido, a no influir con vuestra lengua.

Los problemas, los soluciona Dios, mediante su petición a que se solucionen, con la oración sincera, sencilla y humilde. Poneos en manos de Dios, hijos míos, y Él actuará. Y vosotros, vosotras, id con silencio, con amor y resignación, a aceptar la voluntad de Dios. A veces, un problema, para el bien de algún alma, debe durar un poco más de lo que desearíais, y vuestra impaciencia, os hace hablar. Yo os sugiero el silencio, acompañado de la constante oración del corazón. No temáis, hijas mías; si estáis en gracia de Dios, tened la seguridad y certeza de que todo lo que ocurre, viene de su santa Providencia. Y estad en silencio, amadas mías, ya que al mucho hablar, interferís mal la voluntad de Dios, y, a veces, se alarga vuestro padecer, por no estar en silencio y ser discretas.

Yo, María, os aconsejo y os doy mi amor con mis palabras. Soy vuestra Madre. Acudid a Mí.