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Revelaciones 51

Sábado, 13 de enero de 1996… rezo… (10:35) a (12:13)

 

Yo.- Amor mío, ¡cómo te amo! Te amo tanto y tanto, que soy muy dichosa. Estoy llena de felicidad y alegría, y es por el amor tan inmenso e intenso que siento por Ti, Dios mío.

+ Y Yo, Dios Trino y Uno, te amo a ti, mi niña, hija buena, que tanto me amas y me lo demuestras, negándote a ti misma, a tu misma naturaleza.

Eres dócil, eres libre, y me das tu amor, y permites la entrada del mío en tu corazón sediento del amor de Dios, del mío, de ese amor que rejuvenece el alma, y la hace sin edad, sin tristeza: todo es sonrisa, todo es hacer mi santa voluntad, aceptando incluso lo que no te gusta, por permitirlo Yo, Dios.

Ya sé, amada Primavera, que no entiendes que al ser Dios todopoderoso y Amor, y amándote tanto, permito que Satanás te moleste tanto, que se ponga en medio de mis Escritos, o los haga a su albedrío; y luego dudas en saber, en discernir, y te entra el miedo. Siendo Yo, Dios, dices, decís: “¿Por qué no lo evita?”.

Yo, Dios, podría hacerlo, pero no lo hago, incluso permito que te asuste tanto, que llegas a verlo cuando intenta rodear con sus manos, tu garganta, y aniquilarte.

Y cuando estás amándote con tu esposo y, de pronto, su rostro es el de Satán.

Sé que sufres mucho, hija mía, pero deseo Yo, Dios, que a pesar de todo lo que permito, continúes dándome el sí, cada mañana, en tu consagración a Mí, a la Divina Trinidad.

Tu amor, Primavera, es muy valioso, al ser un amor comprobado en la prueba constante.

Yo, Dios, permito todas las fechorías del Maligno, para saber de tu humildad, de tu sí verdadero.

Tienes el don de mis santas Locuciones, pero si las tienes, es porque me eres fiel en la prueba.

Si Yo, Dios, te elegí a ti, es por ser como eres.

No dudes de que si te doy mi voz, amada mía, es porque Yo, Dios, te pruebo, y estoy contento de ti.

¡Sigue luchando!, y seguirás venciendo. Y gracias a ello, Yo, Dios, hablo a los hombres, por tu lucha.

No temas, hija mía, todo lo que permito que Satán haga contigo, lo puedes soportar.

Yo, Dios, no permito jamás, ¡jamás!, que nadie sea tentado más de lo que sus fuerzas pueden soportar.

Y eso lo digo por todos mis hijos.

Sí, a ti te lo digo, a ti que tienes la tentación de pecar contra mi sexto mandamiento: ¡Puedes evitar no caer en él, hijo mío, hija mía! Yo, Dios, lo sé. ¡Evita la ocasión! Si es preciso, aléjate, pero no cedas. Yo, Dios, te daré la Vida Eterna en el Cielo.

Y sí, a ti te lo digo, tienes envidia de un bien material o físico: ¡véncela! Piensa y dame gracias de y por lo que tienes.

Estos dos pecados, hoy día, son muy fáciles de hacer, pero Yo soy Dios, y estoy en el Sagrario, esperando vengas a verme, para decirme sinceramente y humildemente, lo que te pasa.

Si empiezas diciendo: “Fulano-a de tal, me tienta, me busca”, vas mal, muy mal. Dime así: “Yo soy débil y ante fulano-a de tal, mi debilidad aumenta”.

Así es como irás bien y llegarás a erradicar tu pecado.

Es tu pecado, es lo que tú sientes, no lo que siente fulano-a de tal.

Es lo que tú te dices a ti mismo-a, cuando le ves.

Hay muchas personas en el mundo, pero es lo que tú te dices a ti mismo-a sobre una determinada persona, lo que te encadena a ella, y te hace esclavo- a; ¡reconócelo, amado mío, amada mía!, y con el reconocimiento, vendrá tu humildad.

¡Ay!, ese orgullo que te impide ver tus imperfecciones y limitaciones.

Si le das toda la culpa a la persona que te hace sentir deseos de pecar, al final pecarás.

¡Tú eres libre, hijo mío, hija mía!, y tu libertad, que Yo, Dios, te di, puede y debe impedir, que esa persona te domine.

¡Nadie puede dominarte, si eres humilde!

¡¡Nadie!!

Ni Yo, que soy Dios, puedo dominar a nadie; y cuando digo puedo, quiere decir, que aunque Yo, Dios, deseo vuestro amor, no por eso lo “robo”.

Yo lo deseo libremente.

Y si Yo, siendo Dios, y siendo todopoderoso, no te sojuzgo; y no lo hago, porque no quiero, porque, aunque siendo todopoderoso, podría; quiere eso aclararte, que ninguna criatura mía, puede rendirte a sí, si tú no lo deseas.

¡Eres libre!

Repito:

¡¡Libre!!

Y la libertad, sólo actúa potencialmente en los hombres, cuando sois humildes.

La humildad hace ver la realidad sin la pasión de la soberbia.

La soberbia, por ser imperfecta, no deja ver la verdad, y al ver la mentira, induce al pecado, ya que el pecado es falso, al contrario de la humildad, que es verdadera, y al ser verdad, es libre.

Y os hablaré de la envidia, que es causa del desamor.

Hoy día, ¡no hay amor!

Hay posesión material, física.

Pero esto no es amor, es querer llenar un hueco, en vuestro desencantado corazón.

Un ejemplo, hijos míos, hijos de Dios: cuando os enamoráis de verdad, os bastan los ojos de uno a otro, para sentir la dicha y la felicidad. Y, ¿qué hay en los ojos? Los ojos son el espejo del alma. Y, ¿qué es el alma? El alma es espiritual. Pues, ¿qué os dais los enamorados? ¡El alma, el espíritu!

Eso no se paga con monedas, y es lo que os une, y es lo que os da la felicidad.

Y si lo que os da la felicidad verdadera, no es material ni físico, ¿por qué tenéis envidia? Yo, Dios, os lo digo, amados hijos míos: por la falta de amor, del auténtico amor espiritual, ¡mi amor, el amor de Dios!, y el bueno y lícito amor entre vosotros, que proviene y es, de amarme primero a Mí.

Si me amáis, hijos míos, si permitís que Yo, Dios, os ame, viviréis en otra dimensión, en la dimensión espiritual, en la verdadera onda de tu naturaleza, la del alma inmortal.

Y no tendrás envidia, ya que mi Amor, os lo doy a todos por igual, ¡por igual!

Y si os lo doy por igual, sois vosotros quienes lo graduáis.

Las cosas materiales o físicas, no os sacian, ¡ni os saciarán jamás!, ya que vosotros, hijos míos, Yo Dios, os hice, os creé semejantes a Mí, y no me veis, ¡no tengo cuerpo! ¡Soy espiritual! Si me hice carnal como vosotros, en Dios Hijo, fue para redimiros, y que dando la mano a Dios, a Mí, fuerais felices, de camino al Paraíso prometido. Allí hay todo lo que envidiáis. Compradlo ahora, cumpliendo mis diez mandamientos y los cinco de mi Santa Iglesia Católica.

Vosotros sabéis que para adquirir algo, debéis pagarlo, y os lo dan, lo compráis.

Lo mismo ocurre con el Cielo, amados míos, debéis comprarlo, y la moneda es el amor: amar a Dios, amarme a Mí.

Y vuestro amor os hace humildes, y la humildad os hace ver la verdad, y al ver la verdad, veis que sois imperfectos y prontos a pecar.

¡Acudid a mis sacramentos! Son para dejar actuar a la humildad, y ésta os lleva a la gracia, que Yo, Dios, os doy, y os preserva de pecar, y os ayuda a recibir mis gracias, mis dones espirituales, que Yo, Dios, os doy.

¡Un don, se da, y Yo, Dios, os doy mis dones!, y os apartáis del pecado, y al no pecar, sois felices; y al ser felices, me servís, y Yo, Dios, os amo más, ya que veo vuestro sacrificio, la aceptación de la cruz.

Se ha hablado mucho de la cruz, y normalmente pensáis que la cruz es tener una enfermedad, o soportar a alguien desagradable para vosotros. Pero la cruz, además de eso, que tampoco tiene por qué ser eso, o sólo eso, la cruz, hijos míos, es amarme y demostrármelo.

La cruz son las obras y los hechos de vuestro amor a Mí, a Dios, la demostración física y espiritual de vuestro amor.

Y unos, para demostrarme su amor, llevarán su cruz: con la alegría de tener muchos hijos; o con la alegría de un trabajo bien hecho, que hará que gane mucho dinero; o con la alegría del amor conyugal que le llena de amor físico y espiritual; o la alegría de trabajar en un oficio que le gusta y disfruta de él; o con la alegría de tener salud y gozar de buen humor.

Ésa es la cruz también, y va acompañada, además de lo que os he dicho, de la cruz en esas otras cosas que también tenéis, y no os gustan tanto.

Pero la cruz es unas y otras.

La cruz es servirme por vuestro amor a Mí, a Dios.

Y a veces, la cruz del servicio es alegre, y otras, dolorosa, y a veces, las dos cosas a la vez.

Cuando Dios Hijo, Yo, llevé la Cruz, lo hice por amor, y mi Cruz también fueron los treinta años de dicha con mi Madre santísima, y algunos de ellos, compartidos con san José.

Y la Cruz fue irnos a Egipto, pero estar unidos.

Y la Cruz fue buscar a mis amados apóstoles, y amarlos y ver cómo me dejaban solo. Pero, que durante los tres años de mi predicación, por mi Cruz, me gocé con ellos: éramos muy amigos y nos alegrábamos de nuestro servicio de consolar a las almas que nos amaban tanto, que teníamos que “escondernos”, cuando deseábamos estar en “familia”, y Yo, Dios Hijo, les explicaba las parábolas. Esa Cruz también era Cruz, ya que era obedecer al Padre y cumplir con su voluntad, negándome a Mí mismo:

¡No hacía lo que Yo, Dios Hijo, quería, sino lo que quería el Padre de Mí!

Por eso era Cruz, aunque Yo, Dios, era muy feliz con los míos, mis apóstoles, y cumplir la Voluntad de Dios.

Resumiendo, amados, la cruz es servicio obediente a la voluntad de Dios, por amor, sean cuales sean las circunstancias que envuelvan, su santa voluntad. Pero al ser por amor a Él, siempre, ¡siempre!, hay felicidad en el servicio, en las circunstancias, la felicidad de amar.